En la penumbra de la identidad perdida

noviembre 09, 2015

Entre los procesos psicobiológicos por los que pasa un niño en su evolución natural y exitosa, la construcción de la autoestima, es decir de su valoración personal, de su seguridad en sí mismo, es de los más intrincados y complejos. Cada acción, circunstancia, momento y experiencia en su vida, tiene repercusiones trascendentales en la construcción de su identidad como ser humano.

Quien desee dar una explicación concreta y breve de tales procesos está condenado al fracaso a priori; cada individuo es un mundo único, irrepetible y complejo al que no es posible abordar con los mismos parámetros con los que se indagó a otra persona; quien tenga dos hijos, cuyos padres son los mismos, que han vivido bajo el mismo techo y con la misma educación, circunstancia social, moral, etc. puede constatar que cada uno de ellos es absolutamente diferente y poseen autoconceptos radicalmente distintos entre sí.

Si esto es un hecho en esas circunstancias, ¿qué tan distintos pueden ser tales procesos entre niños más lejanos? A pesar de dichas dificultades, abordar la construcción primeramente del autoconcepto y posteriormente de la autoestima, son temas torales en todos quienes nos interesamos en el desarrollo integral de la infancia. Podemos comenzar por aquellas circunstancias que afectan necesariamente a todos los niños; es decir, por las generalidades que serán, por lo mismo, más fácilmente comunes entre un número amplio de niños.

De acuerdo con las ideas de J. Piaget, el niño construye su autoconcepto a partir de las experiencias que aporta su propio cuerpo; por ejemplo: cuando nuestro niño observa por primera vez su manita y aprende a moverla de manera tal que le permite sentir la tibieza y tersura de la piel de mamá, valora también la maravilla que es su manita; así, poco a poco, aprende a valorarse a sí mismo, conociendo las posibilidades y maravillas de su propio ser. Noten Uds. en el ejemplo anterior la importancia de la parte afectiva de tal experiencia física. Es decir, la experiencia física por sí misma, no es suficiente para trascender hasta que no se integra en ella el aspecto afectivo. De ahí la importancia de las experiencias integrales, que, dicho sea de paso, las actividades musicales las provocan invariablemente.

Mientras más experiencias significativas e integrales tenga el niño con relación a su cuerpo, más sabrá valorarlo e integrarlo a su imagen mental; más capaz se sentirá y más interesado estará en volver a probarse a sí mismo. Todo ello propiciará nuevas experiencias exitosas que se reproducirán provocando un círculo virtuoso que Piaget llamó “Espiral Ascendente”. Lo contrario; las experiencias frustrantes o no integrales, provocarán un círculo vicioso que sumirá al niño en la timidez y la inseguridad.

Sin duda, para aprender a amar algo o a alguien, es indispensable conocerlo: “mi familia me quiere por lo que soy, por que me conoce, sin importar mi apariencia o mi estatura”. El niño aprende a ser parte de su familia como su familia aprende a ser parte de él por medio de conocerse, de comprenderse de aceptarse tal cual son. Difícilmente podrá uno pertenecer de esa manera tan intensa a otro entorno social que no comparta sus raíces, su cultura, en fin, su identidad.

¿Sucederá lo mismo en un entorno mayor; por ejemplo, en una comunidad o, aún más, en un país? ¿cómo ocurre la adquisición del sentimiento de pertenencia a una comunidad o a una sociedad?

Ciertamente todo proceso de adquisición de autoestima sucede de esa peculiar forma: conociéndose, aprendiendo a respetarse, a amarse por lo que es, por lo que siente, por lo que piensa; así, una sociedad aprende a valorarse al conocerla, al identificarse con ella, al vivir los mismos problemas y satisfacciones de la misma forma que los demás. Todo ello, nos hace sentirnos parte de esa integridad, parte armónica y necesaria del tejido social. Tales raíces hacen posible que cada uno de sus miembros crezcan hasta donde cada ser lo desee; las raíces permitirán sostener las particularidades específicas de cada miembro.

Bien, si tal cosa ocurre de dicha manera, tenemos ante nuestros ojos la mejor forma de dominar y enajenar a una sociedad específica: corten sus raíces, desprestígienlas, descontinúenlas y tendrán miles o millones de seres inseguros, tímidos, incapaces de sentirse autónomos y emprendedores, necesitados todos ellos de asirse suplicantemente ante cualquier brillo que indique sentido de pertenencia, gran fórmula para hacer negocios multimillonarios. “si compras esto, tú serás digno y respetado”, “si me posees quiere decir que tú vales mucho”. También se comprenderá entonces la facilidad como las “cuentas de vidrio” de otras naciones, pueden parecer, “pepitas de oro” para los necesitados de identidad.

Sin duda, la educación, fundamentalmente durante los primeros años de vida, es toral para la defensa de la identidad de nuestros niños. La escuela debe centrar sus esfuerzos en alimentar el espíritu del niño con su historia, su cultura y su riqueza artística por medio de elementos educativos que se lo ofrezcan de manera integral y significativa, de tal manera que dote a cada uno de ellos con sus verdaderas raíces tan valiosas e inmensamente abundantes y ricas en el caso de México. He aquí el enorme valor de educar a través de las tradiciones y la cultura propia, no como una moda pasajera sino como un compromiso pedagógico irrenunciable, como un paradigma que dé razón y lógica a cada acontecimiento que suceda en el ambiente escolar.

La canción infantil mexicana tan lejana hoy de las instituciones preescolares y el día de muertos que ha sido hoy suplantado por el comercial Halloween son ejemplos característicos de esta realidad. No permitirlo es labor de la escuela y el maestro comprometido, no negando el valor de otras culturas sino, por el contrario, permitiendo que el niño conozca primeramente lo que le pertenece dándole razón y sentido histórico y social, de manera que pueda entonces sí, acceder a otras culturas sin el temor de sentirse parte de ninguna.

 

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